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Posts Tagged ‘Vicente Aleixandre’

El malagueño Manuel Altolaguirre (1905-1959) creó junto a Emilio Prados la imprenta Sur. Facilitó con sus labores de impresión y con la publicación de las revistas como Litoral o La Hora de España la explosión creadora de los años 20 y 30. Pero además de imprimir la poesía de Lorca, Aleixandre, Paz… dejó una obra propia que, según el director del Centro Generación del 27, Julio Neira, “es mucho mejor de lo que se ha venido considerando” porque “es un poeta de una hondura muy superior a la de otros que sintonizaron más con el aire de la época”.

LAMENTO

Como de una semilla nace un bosque,

de mi pequeño corazón hundido

creció una selva de dolor y llanto.

Humo y clamor oscurecían el cielo

que se alejaba de mi triste fronda,

cuando negó la tierra a mis raíces

linfas para el verdor oscurecido.

¿Cómo pudo secarse una esperanza,

hasta su queja dar con tanto fuego?

La pequeñez de mi secreta herida

me hace llorar aún más que la hermosura

del incendio que de ellas se dilata.

Poemas de las islas invitadas, 1944. MANUEL ALTOLAGUIRRE

El malagueño, como se indica en el documental, no se dejó seducir por las vanguardias. El poema Lamento no se sirve de las claves oníricas del surrealismo para expresar el origen de su creación poética, que sugiere, de paso, el de toda creación artística.

Nace todo en una pequeña herida. Crece la selva de dolor y llanto. Se ramifican los versos, cubren la vida. El corte primero, el escozor realmente humano, se asfixia en una algarabía de palmas, aves… El poeta escribe siempre con fatiga, pensando en el desahogo, acaricia el mundo con amargura como si la belleza fuera algo demasiado viejo, y cree rescatarla. Pero se confunde. Abajo respira un dolor inútil y blando como un niño. Entonces el poeta se arranca palabras, una mentira tras otra, y reconoce una madre, un labio…lo que sea. Se reconoce absurdo, sin haber aprendido nada.

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A veces, detrás de las letras se cobija la palabra. Rascas el papel, desgastas la uña y no descubres el salivazo de tinta de su espalda. Es difícil calmar las vértebras del verbo, palpar el nacimiento de su nuca sin que desaparezca de las páginas, sin que se vaya desmayando su negrura, desollada ya por la insistencia. Un día, sin buscar, abres el libro y te sopla sus esporas de mundo involuntario. Olfateas. No huele como se espera de un libro de poemas. Baja al paladar un raro zumo: acaso una mousse con un sabor brusco a descomposición. A veces, detrás de las letras, cuentan las palabras el crimen de la imprenta o el sexo chorreante de la música.

La música, explicó Vicente Aleixandre, tiene una relación de parentesco con la poesía. La lírica utiliza la palabra, “y esto quiere decir que aún depende del concepto”; pero las melodías abandonan esa servidumbre y “se expresan con una generosidad innombrable y generosa”. Reconoció: “la poesía es más pobre que la música porque tiene un peso, una ganga, que es imposible eliminar”. Por tanto, en el arte, la música es la única totalmente desbridada. Las palabras que son poema, puesto que su género nació abrazado a tambores o laúdes, son las más cercanas al privilegio absoluto del viento y el oído. Pero no son viento ni oído, ésa es su tragedia.

Esta fatalidad no es muerte aún, sólo conciencia de la limitación, de ese alejamiento del decir primero y de su especia mágica. No es muerte. Como comentaron Julio Cortázar y Joaquín Serrano Soler en A fondo, los diccionarios son cementerios de palabras, allí van todos los nombres a pudrirse.

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Conocer no es lo mismo que saber.

Quien aprendió escuchando; quien padeció o gozó;

quien murió a solas.

Todos andan o corren, mas van despacio siempre

en el viento veloz que ahí los arrastra.

Ellos contracorriente nadan, pero retroceden,

y en las aguas llevados, mientras se esfuerzan cauce arriba

a espaldas desembocan.

Es el final con todo en que se hunden.

Mar libre, la mar oscura en que descansan.  

                                   

 

                                       Poemas de la consumación, Vicente Aleixandre

 

 

El día 15 de diciembre caerá, como anuncia la anterior entrada, el nuevo nombre. Pero, además, el 15 de diciembre cumplirán 23 años las cortezas más limpias de los cipreses del cementerio de la Almudena: es veinteañera la flora que viste la paciencia de los muertos. El 15 de diciembre de 1984 fue enterrado Vicente Aleixandre. Dicen que, desde entonces, la grama sabe más a contemplación que de costumbre.

El nobel de literatura (1977) publicó en 1968 Poemas de la consumación. Las composiciones de este libro destilan sabiduría o, mejor, conocimiento. Son textos que aceptan el vértigo y desarrollan en él su calma. El ciclo de la vida se expresa en simpatía con la metáfora manriqueña: “…y en las aguas llevados, mientras se esfuerzan cauce arriba/ a espaldas desembocan”. Es absurda la negación del tiempo, pero es, a la vez, parte de la lógica y la fuerza del ser humano. Aleixandre también nadó, como un loco, y sus brazos llenos de tinta rayaron el agua. Sin embargo, el malagueño desembocará infinitamente. Hay cuerpos que se atascan en los deltas y esparcen su presencia en la vida y en la muerte; por supuesto, una vez así, son inagotables.

   

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