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El poeta murciano ganador del Premio Adonáis en 1977, entrevistado por La renovación de las palabras, publica en El Cultural.es un artículo sobre sus primeras manchas de tinta. El breve texto confiesa la vehemencia del escritor cuando descubrió su vocación y explica cómo el Adonáis le hizo poeta ante los demás y ante sí mismo.

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Luis García Montero (Premio Adonáis en 1982) recoge los primeros años de vida de su amigo Ángel González (Accésit Adonáis 1955) en Mañana no será lo que Dios quiera. El poeta ovetense antes de su muerte en enero de 2008 pactó con el granadino García Montero que la biografía terminaría con la llegada del poeta a Madrid en 1951. El tomo nace de las conversaciones que mantuvieron  ambos escritores en los últimos años de vida del autor de Áspero mundo. Según Montero, “a Ángel le gustaba hablar de su infancia en los últimos años de su vida”.

Con la vida de González, el autor de Habitaciones separadas esboza también su circunstancia. Precisamente, el poeta desaparecido soñaba vocales espejo y quiso que sus versos fuesen el escenario y el tiempo que corresponden a su vida”.

 

Cuando escribo mi nombre

lo siento cada día más extraño.

¿Quién será ese?

me pregunto.

Yo no sé qué pensar.

Ángel.

Qué raro.

                                                               Deixis en fantasma, 1992

Omar ibn Ebrahim Jayyam nació en Jorasán (Persia) aproximadamente en 1048. Científico, pensador y poeta; estudió astrología, astronomía, medicina, geometría, matemáticas, filosofía, mística y ética. Según el prólogo de Clara Janés para la edición de Alianza Editorial, el investigador Alí ibn Ghazí al Ashraf dijo que Jayyam era “el más sabio de su época y enseñaba todas las ciencias griegas”. El filósofo persa compuso en secreto unas lápidas hinchadas de vino, cántaros de barro, mujer, arpa; crecidas de líquenes y hierba. De su obra, Rubayat reúne 178 rubaí: forma métrica de dos versos partidos en cuatro hemistiquios.

rubiayat

 

En el siglo XI, la fanática enredadera de la “impuesta civilización árabe” quebraba la corteza de Oriente, pero Jayyam escribía:

 

“¡Oh tu, recién llegado del mundo espiritual!,

preso estás por el cinco y el cuatro y el seis y el siete.

Pues no sabes de dónde vienes, bebe vino;

pues no sabes adónde irás, ¡se alegre!”

 

                                                                         (rubaí 11)

 

A la sabiduría, como a la esencia humana, zarandea, a veces, el instinto de la negación. Por eso, el poeta rechaza toda certeza: “y me ha quedado claro que nada queda claro (rubaí 93)”; duda, incluso, de su propia existencia: “piensa que de cuanto existe nada hay en el universo (rubaí 29)”. Sin embargo, la enzima de la ignorancia no le hace retorcerse en el miedo y huye del chantaje religioso: 

 

“Dicen algunos que el paraíso con la hurí es gozoso,

yo digo que el mosto de uva es gozoso.

Toma éste en efectivo y deja aquél en plazos prometido,

que oír el sonido del timbal de lejos es gozoso”.

 

                                                                         (rubaí 41)

 

Algunas de las ideas respecto a la muerte recuerdan a lo que, siglos después, Jorge Manrique escribiría: “allegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos”.

 

“Eché un vistazo en el taller del alfarero.

Junto a la rueda, vi al maestro en pie.

Con valor hacía el asa y el cuello de un cántaro

de mano de mendigo y cabeza de rey”.

 

                                                                         (rubaí 171)

 

El sabio persa  escapa, también, de la codicia. Acepta la incapacidad del hombre para derruir la tapia de la muerte. En el vino nada cualquier deseo de escrutar la sombra. Insiste: “Dijo (un anciano): bebe vino que se fueron muchos/ como nosotros y nunca llegó noticia de ellos (rubaí 167)”. Sin embargo, todo está lleno de muertos. La tierra mastica los órganos del enterrado, crece la flor y en su pistilo tiembla la misma sed que un día secó un labio femenino: “caras de luna, manjar en boca de una hormiga (rubaí 137)”. Todo chilla. El viento arrulla el perfil de los incinerados; el fango, porquería dulce de huesos carcomidos.  Las cosas tienen, entonces, una venganza implícita: “(un alfarero) pisoteando una pieza de barro/ y aquel barro a su modo le decía:/ como tú he sido, actúa con cuidado (rubaí 107)” o “Anoche tiré la copa vidriada contra una piedra… Dirigiéndose a mí la copa decía:/ yo era como tú, tú serás como yo (rubaí 164)”.  

 

Recuerda, si bebes vino, arderá Jayyam en tu garganta; si hundes la cabeza en el barro, dolerá tu cara en su costado.

Lo pide Saramago: “arranquemos sus poemas de la inmovilidad de la página y hagamos con ellos una nube de palabras, de sonidos, de música, que atraviesen el mar atlántico (las palabras, los sonidos, la música de Benedetti) y se detenga, como una orquesta protectora, delante de la ventana que está prohibido abrir, acunándole el sueño y haciéndolo sonreír al despertar”.

Cada uno reza a sus dioses. Aquí se ora con poemas. En esta eucaristía no hay confesión. Hay que espulgarse la lengua, sí, pero es inconcebible la confesión. Que la oblea arda de facas removidas, lágrimas aporreadas, bocas  arrancadas sin escrúpulo… ¡Que todo hierva! ¡Comulguemos fiebre! Por Benedetti, oremos:

En pie

Sigo en pie

por latido

por costumbre

por no abrir la ventana decisiva

y mirar de una vez a la insolente

muerte

esa mansa

dueña de la espera

sigo en pie

por pereza en los adioses

cierre y demolición

de la memoria

no es un mérito

otros desafían

la claridad

el caos

o la tortura

seguir en pie

quiere decir coraje

o no tener

donde caerse

muerto

Mario Benedetti

Las IV Jornadas Internacionales de Periodismo UMH se abrieron el pasado día 29 de abril para Reinventar los medios locales. Quizá esa ‘reinvención’ resulté un poco fría para el pulso natural de La renovación de las palabras, sin embargo los dos días de charlas deslizaron, a veces, un amable tacto de humanidad. Como sugirió el periodista David Beriain (VIII Premio de Periodismo Digital José Manuel Porquet), “enfrentarse a la humanidad de un asesino es algo local: apela a la naturaleza humana que es lo más próximo”. A este latido se montó, también, alguna cita de Neruda. No obstante, Kapuscinski fue el más reclamado. Sus frases levantaban en la sala la intriga del descubrimiento.

* * * * *

Con el primer aniversario de la muerte del periodista polaco, bajó al mercado su Poesía completa (2008). Según el crítico José Manuel Pons, “la edición hace justicia a un poeta que, sin lugar a dudas, la merecía en propiedad cuando vivía”. Para Kapuscinski, los poemas eran “pequeñas gotas que explican el universo”. Es curioso. Un periodista cuya raíz sudaba un aliño de pólvora, horror, carbunclo… Un periodista saturado de conocimiento, de interpretación, de valor… y, sin embargo, estrecha el mundo al milímetro, prensa el planeta y lo mete en un verso sin que por ello sufran las palabras ahogo alguno o claustrofobia.

DESCUBRIMIENTO


Tu corazón es destrozado por el dolor:
empiezas a sentir el corazón

tus ojos de repente dejan de ver:
empiezas a sentir los ojos

tu memoria se hunde en la oscuridad:
empiezas a sentir la memoria

te descubres a ti mismo
negándote a ti mismo
existes
negando la existencia

A LA MUERTE DE UN POETA

Quizá antes de morir
se acercaba a la estantería
donde estaban sus libros de poemas
apenas unas briznas de hierba
le atormentaba una cosecha tan nimia
invisible
para una mirada rápida


pero ¿aquello que dejaron
tras una paciente vida
los vecinos de Spinoza
talladores de diamantes
(La Haya, Ámsterdam)
no es cierto que cabía apenas
en la mano de un niño?

El autor de Páginas de un diario confiesa que a sus diecisiete años llegar a ser poeta era “lo único que merecía la pena”

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Foto: Juan Ballester

La vieja espuela de la luz buscó por primera vez la carne de Eloy Sánchez Rosillo allá por 1948. Retraído y contemplativo respiraba su Murcia natal y estiraba en su pecho toda letra que le tocara las manos. A los 29 años obtuvo el Premio Adonáis por Maneras de estar solo (1978) cuando “nadie sabía que escribía”. En siete poemarios, el murciano ha encuadernado el tiempo como un espejo de agostos, haces, ocasos, muchachas…

El autor de Confidencias (2006) ya no ve en todas las cosas “un designio de herida” y está, a veces, “totalmente de acuerdo con la vida”. Desde su primer poemario abandona la materia tierna en la página para que crezca lejos de su mano.

Pregunta. ¿Es el poema un ser vivo?

Respuesta. Claro, un poema no está compuesto de partes atornilladas. Nace como una criatura viva, poco a poco, de lo contrario no es nada.

P. ¿Creció en usted el amor a la literatura con igual tranquilidad?

R. Sí, paulatinamente. En la niñez el tiempo pasa muy despacio y en mi casa no había televisión ni periódicos. Los libros eran lo más atractivo y me hice un lector empedernido. Pasaba días y noches en esa tarea maravillosa.

P. ¿Qué autores prefería?

R. Leía indiscriminadamente. En mi casa había una pequeña biblioteca que pronto resultó insuficiente. De jovenzuelo no tenía dinero y bebía de la Biblioteca Regional de Murcia que estaba muy bien nutrida.

P. ¿Y un buen día se le cayeron versos a las hojas?

R. A los 14 años empecé a escribir, pero esporadícamente. Lo hacía igual que se respira, sin pensar que sería mi camino. Más tarde, a los 17 descubrí mi vocación, ser poeta, entonces, era lo único que merecía la pena.

P. A pesar de su deseo, usted nunca tuvo prisa: su poesía rezuma paciencia.

R. Claro, no se debe escribir de una manera arrebatada o espontánea. El arte nace de la reflexión serena y de algo que ha ido madurando en nosotros sin prisas.

P. ¿Deja que la poesía se escriba a sí misma?

R. Siempre. Aunque cuando uno es joven da más importancia al oficio del poeta de la que tiene. Ahora sé que el escritor es sólo el hilo conductor del que se vale la poesía. Ella preexiste, está en el mundo y se concreta en un poema gracias a la mediación del poeta, pero nada más.

P. Y dejando que la poesía se acomode a sus cuartillas llegó el Adonáis.

R. Sí, en 1977. Hasta entonces escribía en absoluto aislamiento, nadie lo sabía. Además, dudaba mucho de mi trabajo. Cuando me vi con Maneras de estar solo terminado quise saber si tenía algún interés. Yo vivía en una provincia remotísima y no mantenía amistades literarias. El Adonáis era entonces un premio prestigioso y la única posibilidad que se me ofrecía. El galardón me ayudó muchísimo y me hizo responsabilizarme de mi trabajo. Pensé que valía la pena seguir intentándolo.

P. Desde ese primer poemario, la emoción ha sido el componente esencial de sus versos.

R. Es la piedra de toque fundamental de un poema. Cuando leo a un autor espero que me golpee, que me zarandee. La poesía que es mero juego o ejercicio frío me interesa poco.

P. ¿Ha buscado la sencillez para mecer mejor la emoción?

R. Nunca he buscado sencillez. Los poemas responden al hombre que eres. Cuando uno es joven es más barroco, pero con el tiempo escribes de la manera más clara, sencilla y que consideres más bella.

P. ¿No teme que las composiciones queden demasiado desnudas?

R. Algunos me dicen que mis versos son muy claros o muy sencillos. Es preferible no pecar de exceso. Creo que la poesía es oficio de quitar y aquilatar, no de solapar palabras sin sentido.

P. Sin embargo, en muchas ocasiones se dice que lo hermético refleja la inestabilidad del ser y sus contradicciones.

R. Puede ser, pero se ve que algunos poetas son rotundamente contradictorios porque no se les entiende una palabra. Yo lo comprendo, pero publicar un galimatías me parece engañoso.

P. ¿Y, por ejemplo, el surrealismo?

R. De toda tendencia poética que tienda al hermetismo desconfío. Aunque en alguna de ellas puede haber elementos aprovechables: de todo se aprende.

P. Llegó a afirmar que los novísimos hacían poesía en broma.

R. Por edad son de mi generación, pero empezaron a publicar antes que yo. Es cierto que no me interesa lo que hicieron al principio, aunque algunos desarrollaron una trayectoria importante. En ellos veía una exhibición un poco chocante. Eso siempre me ha parecido un poco aldeano. Las personas que de verdad están interesadas en la cultura no van dando la lata en todo momento y aireando sus conocimientos.

P. Es cierto que su obra no se acerca a esta generación, pero sí, por ejemplo, a los trazos de Ramón Gaya.

R. Gaya era providencial para mí: un altísimo ejemplo. Espero haber aprendido bastante de él. Igual que en sus cuadros él dice de manera concisa y luminosa su verdad, yo intento hacer lo mismo con la mía en mis palabras.

P. Pero su verdad ha cambiado. De ser el gran poeta elegíaco, ahora parece acercarse a un tono más celebratorio.

R. Me ha ido sucediendo lentamente. La adolescencia es una etapa conflictiva que destila una gran melancolía. La madurez arroja cierta luminosidad sobre la vida. Sin embargo, esos elementos de celebración ya estaban en mi poesía. Uno no lamenta la pérdida de algo sino porque lo ama. Toda elegía es una celebración retardada. Además, ahora no tengo ese concepto lineal, irreparable, del tiempo: creo que todo está siempre sucediendo.

P. ¿Y los sentimientos negativos?

R. Son estériles para la creación. Las pasiones negativas destruyen, no crean. La poesía es una perplejidad, una duda que te empuja a comprender las cosas y a fundirte con ellas. Para ello hay que estar enamorado de la vida.

El campo de Teócrito

Sánchez Rosillo veraneaba en una casa de campo cercana a la localidad de Barrax (Albacete). A sus 18 años la vendió y no regresó: “quizá la lejanía de aquel lugar donde transcurrieron tantos veranos de mi vida me hizo mitificarlo”. La casa se derramó en sus versos: “Dejadme aquí, sumido en la penumbra/ de esta habitación en la que tantas horas de mi vida/ transcurrieron”.

Pregunta. ¿Cómo era aquel campo?

Respuesta. Como el que pudo conocer Teócrito o Virgilio, totalmente primigenio. Todo se hacía a mano o con ayuda de animales y, por supuesto, no existían tractores. Allí las fincas son muy grandes, sobre todo latifundios. Todo parecía lejano.

P. ¿Los amaneceres, los silencios de la habitación… supusieron mucho para su obra?

R. Claro, de su entorno el artista recoge los materiales para sus creaciones.

P. ¿Cómo era el niño Eloy que correteaba por tierras manchegas?

R. Como es natural era muy contemplativo y retraído, de no ser así, mi destino hubiera sido otro. La verdad, me recuerdo bastante solitario.

P. ¿Quizá influyera en ello la muerte de su padre cuando sólo tenía siete años?

R. Sí, tomé una precoz conciencia del tiempo y sus estragos. Asimilé aquella cosa misteriosa antes de lo normal. Maduré y me fui haciendo más contemplativo; lo interiorizaba todo, cosa impropia en un niño. Sin duda, aquella pérdida marcó mi vida y mi obra.

P. ¿Esa asunción temprana de la fugacidad del tiempo le enseñó la belleza de las cosas?

R. Comprendí que las cosas son bellas porque aparecen a lo lejos, se acercan, nos tocan y se alejan. Si tuviéramos todo a nuestro alcance estaríamos en el paraíso, como en la niñez. Disfrutaríamos de esos dones sin añorarlos, sin valorarlos con la misma intensidad.

P. Pero no sólo es aquel paraje el que mora en sus composiciones, también Murcia y el barrio de San Nicolás aparecen.

R. Naturalmente, mis palabras, a veces, atraviesan la ciudad en la que siempre he vivido. Es infrecuente que aparezca el nombre de Murcia, pero no es necesario. Se aprecia de qué lugar hablo: esa luminosidad y ese clima tan mediterráneo son inconfundibles.

El 23 de abril recuerda al día de los difuntos, todos dejan una flor pegada al muerto. Y se olvidan.