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Archive for the ‘Prismas’ Category

Con la posguerra española anidó en muchos escritores la necesidad del compromiso, de acercar la poesía a la colectividad. Autores como José Ángel Valente, Carlos Barral o Gil de Biedma han estados vinculados de alguna manera con la poesía social.

Esa tendencia desarrollada por la generación del 50 ha sido considerada como exigencia del momento sociopolítico o como corriente empobrecedora.  Apuntó Fernández Almagro, en referencia a esta escuela, que “su poesía no es lujo ni un ocio, ni siquiera un convencimiento adquirido, es algo espontáneo y natural”. La poesía social agarra la mano de la épica, la narrativa o la dramática. En La poesía social como lenguaje poético, José Ángel Ascunce hablaba de la sumisión del arte a la doctrina. Ese proceder reduce el lirismo: “la expresión del mensaje doctrinal tiene que responder a presupuestos gramaticales y significativos lo más objetivos posibles para propiciar la claridad de las ideas expuestas y, así, facilitar su comprensión”. Aseguraba después “que en tanto en cuanto los contenidos son más populares, poseen una menor entidad literaria, y, viceversa”.

José Hierro, relacionado con esta moda, despreciaba algunas críticas como el descuido de la forma: “¿se puede decir que descuida la forma un Blas de Otero? Eso es una tontería”. Sin embargo, reconoció que muchos discípulos de lo social pensaban que por mostrar un “obrero con todo su sufrimiento” ya se hacía poesía.

José García Nieto, antiguo jurado del Premio Adonáis, formó parte de los que despectivamente apodaba Goytisolo como “poetas celestiales”. Amante de Garcilaso y con una técnica neoclásica, a García Nieto lo acusaban de “escapismo y sumisión al poder”, aunque otros, como Juan Ramón Jiménez, lo vieran acariciando el dorso de la mano de Garcilaso u Homero.  

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Que no se atreva nadie. Que nadie niegue el latido de Camarón en las hondas cuevas del fermento, que nadie desmienta el resquebrajo, que nadie acuchille el calcio en la duquela ni cosa las camisas partidas por el suelo. En Adonáis hay también poetas retorcidos por el duende que a través del flamenco se acercaron al acento límite de la escritura. Para ello, es un aliciente cómo Camarón, por ejemplo, concilió en su cante textos de maestros como García Lorca u Omar Khayyam.

Félix Grande, que se afirma “guitarrista flamenco fracasado”, ganó el Premio Adonáis de 1963 con Las piedras. Asegura que este poemario es el más visiblemente influido por Antonio Machado. En consonancia con la fuerza jonda, el badajocense cree que la poesía es “no un género, sino un estado de gracia” y que la edad apura su sutilidad preñada de inociencia. Al agotar las estrofas de sus estantes, sacó de un embalaje antiguo peteneras, soleares de Cádiz, martinetes…Escribió sobre flamenco hasta convertirse en un especialista, libros como Paco de Lucía y Camarón de la Isla atestiguan su sabiduría.

Fernando Quiñones, sultán de Cádiz, obtuvo accésit en el Premio Adonáis de 1956 (ganó María Elvira Lacaci) con Cercanía de la Gracia. Sus primeros libros, según diría Eugenio Cobos en La Estafeta Literaria, constituyen “una primera etapa en deuda con el andalucismo de Rafael Alberti, con gran dosis de brillo verbal”; sin menospreciar el influjo de Luis Cernuda. El libro de las crónicas (10 obras) agrupa lo más característico de su lírica. Las crónicas poéticas que componen la edición contienen mucha narración a la manera de la épica o los cantares de gesta. El gaditano amaba el flamenco y participó en él profundamente: entrevistó a Camarón en televisión, fundó la peña flamenca Enrique el Mellizo, se deshizo la garganta por bulerías… Tras su muerte, Antonio Burgos le dedicó su Tango a Fernando Quiñones.

Que no se atreva nadie. Dejad a Camarón que se desmiembre, dejad el cante pegado a la materia y que vengan las hienas de la poesía con su risa a blanquear los huesos.

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