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Archive for the ‘Maestros’ Category

A veces, detrás de las letras se cobija la palabra. Rascas el papel, desgastas la uña y no descubres el salivazo de tinta de su espalda. Es difícil calmar las vértebras del verbo, palpar el nacimiento de su nuca sin que desaparezca de las páginas, sin que se vaya desmayando su negrura, desollada ya por la insistencia. Un día, sin buscar, abres el libro y te sopla sus esporas de mundo involuntario. Olfateas. No huele como se espera de un libro de poemas. Baja al paladar un raro zumo: acaso una mousse con un sabor brusco a descomposición. A veces, detrás de las letras, cuentan las palabras el crimen de la imprenta o el sexo chorreante de la música.

La música, explicó Vicente Aleixandre, tiene una relación de parentesco con la poesía. La lírica utiliza la palabra, “y esto quiere decir que aún depende del concepto”; pero las melodías abandonan esa servidumbre y “se expresan con una generosidad innombrable y generosa”. Reconoció: “la poesía es más pobre que la música porque tiene un peso, una ganga, que es imposible eliminar”. Por tanto, en el arte, la música es la única totalmente desbridada. Las palabras que son poema, puesto que su género nació abrazado a tambores o laúdes, son las más cercanas al privilegio absoluto del viento y el oído. Pero no son viento ni oído, ésa es su tragedia.

Esta fatalidad no es muerte aún, sólo conciencia de la limitación, de ese alejamiento del decir primero y de su especia mágica. No es muerte. Como comentaron Julio Cortázar y Joaquín Serrano Soler en A fondo, los diccionarios son cementerios de palabras, allí van todos los nombres a pudrirse.

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Conocer no es lo mismo que saber.

Quien aprendió escuchando; quien padeció o gozó;

quien murió a solas.

Todos andan o corren, mas van despacio siempre

en el viento veloz que ahí los arrastra.

Ellos contracorriente nadan, pero retroceden,

y en las aguas llevados, mientras se esfuerzan cauce arriba

a espaldas desembocan.

Es el final con todo en que se hunden.

Mar libre, la mar oscura en que descansan.  

                                   

 

                                       Poemas de la consumación, Vicente Aleixandre

 

 

El día 15 de diciembre caerá, como anuncia la anterior entrada, el nuevo nombre. Pero, además, el 15 de diciembre cumplirán 23 años las cortezas más limpias de los cipreses del cementerio de la Almudena: es veinteañera la flora que viste la paciencia de los muertos. El 15 de diciembre de 1984 fue enterrado Vicente Aleixandre. Dicen que, desde entonces, la grama sabe más a contemplación que de costumbre.

El nobel de literatura (1977) publicó en 1968 Poemas de la consumación. Las composiciones de este libro destilan sabiduría o, mejor, conocimiento. Son textos que aceptan el vértigo y desarrollan en él su calma. El ciclo de la vida se expresa en simpatía con la metáfora manriqueña: “…y en las aguas llevados, mientras se esfuerzan cauce arriba/ a espaldas desembocan”. Es absurda la negación del tiempo, pero es, a la vez, parte de la lógica y la fuerza del ser humano. Aleixandre también nadó, como un loco, y sus brazos llenos de tinta rayaron el agua. Sin embargo, el malagueño desembocará infinitamente. Hay cuerpos que se atascan en los deltas y esparcen su presencia en la vida y en la muerte; por supuesto, una vez así, son inagotables.

   

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Dama de Soledad de Juana García Noreña —seudónimo de Angelines de la Borbolla—  no sólo ganó el Premio Adonáis en 1950, sino que ascendió a la primera línea de la poesía del momento. La crítica, perpleja, agitó sus halagos como ramas de olivo; aclamó el advenimiento de una deidad poética encarnada en 24 años de feminidad. El académico M. Fernández Almagro aseguró que la obra guardaba “un aire inconfundible, más que de juventud, de adolescencia” y solapaba sencillez y complejidad métrica. Pero un Mesías cobija en túnicas o cuartillas el perfil seguro de la muerte.

En el emblemático Café Gijón, germinó el escepticismo. En un acróstico del poema La otra muerte figuraba el nombre de García Nietomiembro del jurado— y muchos intelectuales sospecharon de la firmante. No obstante, el entonces director de la colección Adonáis, José Luis Cano, creía en la sinceridad de Juana y apuntó que recitaba “de memoria casi todos los poemas del libro”. Juan Ramón Jiménez  compuso, incluso, un poema inspirado en Dama de Soledad; Gerardo Diego en Gerardo Diego y Adonáis reivindicaba a Juana García Noreña y la equiparaba a Gabriela Mistral.

La savia profética del poemario se disgregó en la cruz de la mentira. En realidad, el auténtico autor de Dama de Soledad, José García Nieto, movió todo desde lo alto. Dispuso un vástago inventado en su propia lengua; propagó parábolas de juventud y demostró que la edad no limita la autenticidad de la poesía. ¿La palabra, los nombres o, quizá, los hombres? ¿Hay trinidades santas en la poesía? 

 

 

 

 

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