Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 27 abril 2009

El autor de Páginas de un diario confiesa que a sus diecisiete años llegar a ser poeta era “lo único que merecía la pena”

eloy-sanchez-rosillo-1

Foto: Juan Ballester

La vieja espuela de la luz buscó por primera vez la carne de Eloy Sánchez Rosillo allá por 1948. Retraído y contemplativo respiraba su Murcia natal y estiraba en su pecho toda letra que le tocara las manos. A los 29 años obtuvo el Premio Adonáis por Maneras de estar solo (1978) cuando “nadie sabía que escribía”. En siete poemarios, el murciano ha encuadernado el tiempo como un espejo de agostos, haces, ocasos, muchachas…

El autor de Confidencias (2006) ya no ve en todas las cosas “un designio de herida” y está, a veces, “totalmente de acuerdo con la vida”. Desde su primer poemario abandona la materia tierna en la página para que crezca lejos de su mano.

Pregunta. ¿Es el poema un ser vivo?

Respuesta. Claro, un poema no está compuesto de partes atornilladas. Nace como una criatura viva, poco a poco, de lo contrario no es nada.

P. ¿Creció en usted el amor a la literatura con igual tranquilidad?

R. Sí, paulatinamente. En la niñez el tiempo pasa muy despacio y en mi casa no había televisión ni periódicos. Los libros eran lo más atractivo y me hice un lector empedernido. Pasaba días y noches en esa tarea maravillosa.

P. ¿Qué autores prefería?

R. Leía indiscriminadamente. En mi casa había una pequeña biblioteca que pronto resultó insuficiente. De jovenzuelo no tenía dinero y bebía de la Biblioteca Regional de Murcia que estaba muy bien nutrida.

P. ¿Y un buen día se le cayeron versos a las hojas?

R. A los 14 años empecé a escribir, pero esporadícamente. Lo hacía igual que se respira, sin pensar que sería mi camino. Más tarde, a los 17 descubrí mi vocación, ser poeta, entonces, era lo único que merecía la pena.

P. A pesar de su deseo, usted nunca tuvo prisa: su poesía rezuma paciencia.

R. Claro, no se debe escribir de una manera arrebatada o espontánea. El arte nace de la reflexión serena y de algo que ha ido madurando en nosotros sin prisas.

P. ¿Deja que la poesía se escriba a sí misma?

R. Siempre. Aunque cuando uno es joven da más importancia al oficio del poeta de la que tiene. Ahora sé que el escritor es sólo el hilo conductor del que se vale la poesía. Ella preexiste, está en el mundo y se concreta en un poema gracias a la mediación del poeta, pero nada más.

P. Y dejando que la poesía se acomode a sus cuartillas llegó el Adonáis.

R. Sí, en 1977. Hasta entonces escribía en absoluto aislamiento, nadie lo sabía. Además, dudaba mucho de mi trabajo. Cuando me vi con Maneras de estar solo terminado quise saber si tenía algún interés. Yo vivía en una provincia remotísima y no mantenía amistades literarias. El Adonáis era entonces un premio prestigioso y la única posibilidad que se me ofrecía. El galardón me ayudó muchísimo y me hizo responsabilizarme de mi trabajo. Pensé que valía la pena seguir intentándolo.

P. Desde ese primer poemario, la emoción ha sido el componente esencial de sus versos.

R. Es la piedra de toque fundamental de un poema. Cuando leo a un autor espero que me golpee, que me zarandee. La poesía que es mero juego o ejercicio frío me interesa poco.

P. ¿Ha buscado la sencillez para mecer mejor la emoción?

R. Nunca he buscado sencillez. Los poemas responden al hombre que eres. Cuando uno es joven es más barroco, pero con el tiempo escribes de la manera más clara, sencilla y que consideres más bella.

P. ¿No teme que las composiciones queden demasiado desnudas?

R. Algunos me dicen que mis versos son muy claros o muy sencillos. Es preferible no pecar de exceso. Creo que la poesía es oficio de quitar y aquilatar, no de solapar palabras sin sentido.

P. Sin embargo, en muchas ocasiones se dice que lo hermético refleja la inestabilidad del ser y sus contradicciones.

R. Puede ser, pero se ve que algunos poetas son rotundamente contradictorios porque no se les entiende una palabra. Yo lo comprendo, pero publicar un galimatías me parece engañoso.

P. ¿Y, por ejemplo, el surrealismo?

R. De toda tendencia poética que tienda al hermetismo desconfío. Aunque en alguna de ellas puede haber elementos aprovechables: de todo se aprende.

P. Llegó a afirmar que los novísimos hacían poesía en broma.

R. Por edad son de mi generación, pero empezaron a publicar antes que yo. Es cierto que no me interesa lo que hicieron al principio, aunque algunos desarrollaron una trayectoria importante. En ellos veía una exhibición un poco chocante. Eso siempre me ha parecido un poco aldeano. Las personas que de verdad están interesadas en la cultura no van dando la lata en todo momento y aireando sus conocimientos.

P. Es cierto que su obra no se acerca a esta generación, pero sí, por ejemplo, a los trazos de Ramón Gaya.

R. Gaya era providencial para mí: un altísimo ejemplo. Espero haber aprendido bastante de él. Igual que en sus cuadros él dice de manera concisa y luminosa su verdad, yo intento hacer lo mismo con la mía en mis palabras.

P. Pero su verdad ha cambiado. De ser el gran poeta elegíaco, ahora parece acercarse a un tono más celebratorio.

R. Me ha ido sucediendo lentamente. La adolescencia es una etapa conflictiva que destila una gran melancolía. La madurez arroja cierta luminosidad sobre la vida. Sin embargo, esos elementos de celebración ya estaban en mi poesía. Uno no lamenta la pérdida de algo sino porque lo ama. Toda elegía es una celebración retardada. Además, ahora no tengo ese concepto lineal, irreparable, del tiempo: creo que todo está siempre sucediendo.

P. ¿Y los sentimientos negativos?

R. Son estériles para la creación. Las pasiones negativas destruyen, no crean. La poesía es una perplejidad, una duda que te empuja a comprender las cosas y a fundirte con ellas. Para ello hay que estar enamorado de la vida.

El campo de Teócrito

Sánchez Rosillo veraneaba en una casa de campo cercana a la localidad de Barrax (Albacete). A sus 18 años la vendió y no regresó: “quizá la lejanía de aquel lugar donde transcurrieron tantos veranos de mi vida me hizo mitificarlo”. La casa se derramó en sus versos: “Dejadme aquí, sumido en la penumbra/ de esta habitación en la que tantas horas de mi vida/ transcurrieron”.

Pregunta. ¿Cómo era aquel campo?

Respuesta. Como el que pudo conocer Teócrito o Virgilio, totalmente primigenio. Todo se hacía a mano o con ayuda de animales y, por supuesto, no existían tractores. Allí las fincas son muy grandes, sobre todo latifundios. Todo parecía lejano.

P. ¿Los amaneceres, los silencios de la habitación… supusieron mucho para su obra?

R. Claro, de su entorno el artista recoge los materiales para sus creaciones.

P. ¿Cómo era el niño Eloy que correteaba por tierras manchegas?

R. Como es natural era muy contemplativo y retraído, de no ser así, mi destino hubiera sido otro. La verdad, me recuerdo bastante solitario.

P. ¿Quizá influyera en ello la muerte de su padre cuando sólo tenía siete años?

R. Sí, tomé una precoz conciencia del tiempo y sus estragos. Asimilé aquella cosa misteriosa antes de lo normal. Maduré y me fui haciendo más contemplativo; lo interiorizaba todo, cosa impropia en un niño. Sin duda, aquella pérdida marcó mi vida y mi obra.

P. ¿Esa asunción temprana de la fugacidad del tiempo le enseñó la belleza de las cosas?

R. Comprendí que las cosas son bellas porque aparecen a lo lejos, se acercan, nos tocan y se alejan. Si tuviéramos todo a nuestro alcance estaríamos en el paraíso, como en la niñez. Disfrutaríamos de esos dones sin añorarlos, sin valorarlos con la misma intensidad.

P. Pero no sólo es aquel paraje el que mora en sus composiciones, también Murcia y el barrio de San Nicolás aparecen.

R. Naturalmente, mis palabras, a veces, atraviesan la ciudad en la que siempre he vivido. Es infrecuente que aparezca el nombre de Murcia, pero no es necesario. Se aprecia de qué lugar hablo: esa luminosidad y ese clima tan mediterráneo son inconfundibles.

Anuncios

Read Full Post »

El día del…

El 23 de abril recuerda al día de los difuntos, todos dejan una flor pegada al muerto. Y se olvidan.

Read Full Post »

Horas después de leer a Claudio Rodríguez (1934-1999) nacido, muerto y redoblado, retumba terco en la tierra del tímpano y recuerda a ese llano gitano de Lorca y de la Luna, Luna que ni se rasca ni se extingue. El poeta de Zamora, que obtuvo el Premio Adonáis en 1953 con Don de la ebriedad, cobijaba la verdad en la cueva de sus manos e intentaba engastarle sus dedos. Pero era imposible y quedaba el poema como sed abierta: “el poeta intenta fundirse, participar en la realidad, pero no puede llegar a conocer; ahí está la gran tragedia y lo glorioso de la poesía”.

Don de la ebriedad es un solo poema dividido en tres secciones con una estructura casi circular. Donde, según Luis García Jambrina, el zamorano se deja comer por una claridad advenediza y corre a la armonía y a la unión con la naturaleza. Rodríguez apuntó sobre ese primer poemario:refleja esa ignorancia que yo tenía. Porque yo tenía el impulso, y nada más… lo irracional puede ser una fuente de conocimiento poético, no del lógico, porque la poesía no tiene nada que ver con la lógica”. También delimitó el quehacer poético citando a Juan Ramón Jiménez: “la poesía es un rapto, algo que viene muy pocas veces en la vida. Es necesario estar tocado, touché, para escribir poesía. Un poeta tiene que haber pasado esta experiencia, si no, no es poesía, es otra cosa”.

Ganador del Premio Nacional en 1983 por Desde mis poemas, cuando su obra sólo sumaba 260 páginas, y del Príncipe de Asturias en 1993, defendía la necesidad de un lenguaje propio y la pureza del mensaje poético. Rechazaba, por ello, la tarea de los críticos y los acusaba de “disecar la vitalidad de la poesía”.

Claudio Rodríguez huía de los círculos literarios y según el poeta Luis Antonio de Villena “le gustaba el campo y la gente marginal y sencilla”. Negaba la importancia de la publicación en su trabajo. A él le fascinaban los bandazos de las larvas del verso: “Cada poema tiene su ley, es un organismo vivo. El proceso creador me lleva a caminos, a zonas que antes no había sospechado siquiera… Si supiera exactamente a dónde voy, en qué dirección, yo no escribiría, la verdad”. En 1999 el camino se obstinó bajo la tierra, la sed que los poemas no saciaban, esa fusión… se hace el poeta barro desde entonces, planta nueva; y retumba el Claudio de la tumba.

Read Full Post »

“…En donde dijeron que estaba el sol central, el ser solar, el haz caliente hecho de todas las miradas humanas, no hay sino un hoyo y menos que un hoyo: el ojo de pez muerto, la oquedad vertiginosa del ojo que cae en sí mismo y se mira sin mirarse…” 

 

                                                         Visión del escribiente, Octavio Paz

 

 

Una sola frase revienta muchas veces la piñata en que maceran los dulces del vértigo. Se lee este pasaje del nobel mexicano y se teme la inexistencia, pero no como estado de degeneración, sino como cima, como nulidad que es plenitud absoluta.

El poeta da a la mirada poética la capacidad de generar existencia, por ello el sol no es más que un “haz caliente hecho de todas las miradas humanas”; no obstante, este tesoro retiene un vacío sublime en su vientre. Fijaos en lo último: “la oquedad vertiginosa del ojo que cae en sí mismo y se mira sin mirarse”. Si una cosa posee una facultad única, o sea, para el ojo, ver; la existencia de este objeto pasa a ser el resultado de su capacidad: para el ojo, lo contemplado. Pero si la pupila se orienta hacia sí, hacia el ombligo mismo del mirar, se incurre en la inexistencia. La extinción es la plenitud cuando algo intenta ser en su propio serse: el ojo se mira a sí y no ve más que la sola acción del mirar; el resultado: oquedad. Es igual, salvando las distancias metafísicas, que conectar una cámara a un televisor para que se vea exactamente lo que se esta grabando; si se enfoca la cámara al televisor se crea un vacío.

Y si la única virtud del hombre es amar  ¿qué sucedería si se ama a sí mismo?  

 

 

 

 

 

Read Full Post »

Manuel Molina (Ceuta, 1948) cuando toca aún enfrenta al cielo el clavijero. Hunde el madero en sus barbas y apenas asoman vetas de agonía. La voz de Manuel es una pala que en su arrastre levanta playa, adobe, arrope, aceras, Giralda… lo acumula todo y suena en su garganta un acordeón con la piel del mundo.

El dúo que formaba con su mujer, Lole y Manuel, revolucionó el flamenco allá por los setenta. Su primer disco Nuevo día se editó en 1975 y le siguieron títulos como Pasaje de agua, Al alba con alegría, Cantan a Manuel de Falla Destacan entre sus temas letras de Juan Ramón Jiménez como Desnudos o de Federico García Lorca como El balcón.  

Manuel Molina además de un guitarrista puro —tocaor de raíz y metal nuevo—, es un poeta del campo, de gorriones aventados, de almendro crujiente. Compone letras que modifican las ideas tradicionales del cante. Propaga Molina su pecho como un cauce abierto, un caudal de libertad donde abrevan lirios y jilgueros:

 

“Y como no tenía dinero

fue a la playa y se llevó

el mejor de los veleros.

 

Qué menos, qué menos,

que el que no tenga dinero

vaya a la playa y se lleve

el mejor de los veleros.

 

En un barco de papel

con mi niña me iré,

si es necesario.

 

La llevare a una cabaña

que yo compré en la montaña

y que pagué con mi perro, mis poemas y mi guitarra.

Allí los dos viviremos

y haremos un huertecillo

y venderemos sus frutos

pa recuperar mi perro, mi guitarra y mis versillos”

 

 

Read Full Post »

El cartagenero José Martínez Ros (1981) obtuvo el Premio Adonáis en 2004 con La enfermedad. El autor reconoció en la obra las influencias de autores como Samuel Beckett, Gracilaso o Antonio Colinas.  El poema que da título al libro va dedicado A todas las musas. Ofrece un relicario de mujeres, de “bocas negras, cuchillos rojos, sexos en cruz,/ un río de uvas místicas, un río interminable…” . El trazo de Martínez Ros en este poemario esparce un universo sin límites donde todo se entrecruza. Los versos disponen los extremos del amor en un cosmos renovado donde, por ejemplo, “…el agua oscura/ separa tu esqueleto de las diosas/ bajo el verde tentáculo del cielo”.

Aparece también la hemorragia más sencilla y bella. El poeta unge los cuerpos con lo que bebe del insomnio y la soledad, como en una ascensión mística hacia una verdad tristísima: “El tiempo es una herida: / mírala en las dos cruces que el insomnio/ clavó sobre mis ojos, en los surcos oscuros/ que recorren un cuerpo, /con la voz de una nube, / con el tacto del cierzo/ y la memoria muerta de la escarcha”. Martínez Ros es un poeta contagiado; en las yemas de sus dedos hay un pegajoso y lírico bacilo.

Read Full Post »

Julio Capanna prepara su segunda maqueta cuatro años después de la publicación de su primer trabajo ‘Puentes’

Perfil

En un taburete de la tetería Luz de luna templa Julio los bordones y retoca el micrófono. Treinta vasos levantan una niebla de jazmín, clavo, manzanilla… Se oye “Yo nací para vivir un espejismo, un sueño pagado con hambre y olvido”, y se desparrama el muro de especias. Los arpegios desmenuzan al público como a piedras tocadas con sigilo. Capanna se alarga en el ozono, se marcha a veces, pero regresa con la pupila más atenta y canta: “una marioneta que al ritmo feliz de la orquesta, besa los hilos que la sujetan”

dscf2026

El pueblo de Armstrong, en la provincia argentina de Santa Fe, tiene una desnudez muy larga. El eco tarda en devolver las gargantas y la pampa impone a las voces el deterioro de la distancia. Tras 36 años sin oír el rebote de su música, Julio Capanna emigró hasta España donde “las distancias son más cortas”. Sus canciones reverberaron pronto. En noviembre de 2005, un mes después de su llegada, editó Puentes.

“Vivir de la música es complicado”, pero sus dedos casi lucen los residuos metálicos del nailon. En teterías alicantinas como Tábano o Luz de luna puede escucharse como en su voz el oxígeno se quita sus trajes y nada a brazadas lentas.

Pregunta.- ¿Da quiebros el niño de Santa Fe por sus canciones?

Respuesta.- Nací en Armstrong, pura Pampa. Es un pueblo de 10.000 habitantes, aunque cuando yo era niño había menos. Es imposible desligarse de la infancia, es el paraíso perdido. No obstante, los artistas tratamos de mantener esa mirada infantil y a los acordes saltan ciertos olores, colores… Creo que no existe un solo músico que no haya compuesto algo sobre su infancia.

P. ¿Cómo comenzó este niño a interesarse por la música?

R. Allá escuchábamos la radio del pueblo que era una cajita con un cable que había en todas las casas. Serrat, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez o Charli García siempre estuvieron sonándonos en la cabeza. Además, mis viejos escuchaban tango y eso se va absorbiendo. Ya a los 15 años empecé a tocar la guitarra.

P. ¿La clásica?

R. Sí, pero cometí el error de pasarme a la eléctrica. A los 16 años todos queremos formar una banda y la técnica se resiente. Al retomar la guitarra clásica se requiere un nuevo aprendizaje.

P. ¿No resultó la banda?

R. Desgastaba mucho armar un grupo. Además, se enfocan mucho a un estilo determinado y te encasillan. En cambio, la soledad con la guitarra libera de muchos prejuicios y si tenés que hacer una milonga o algo que suene latinoamericano lo hacés. Así podés encontrar la autenticidad.

P. ¿Regresa a veces al folclore argentino?

R. Como no, la música popular de allá es tan amplia que es imposible abandonarla. Como ocurre en España, el folclore es muy regional: las chacareras, las sambas, el tango… La naturaleza hace al hombre y la diversidad natural de Argentina aumenta el abanico folclórico.

P. Y a pesar de toda esa raíz tan fecunda decide venir a España.

R. En Santa Fe es muy difícil hilvanar una carrera porque está lejos de los centros culturales como Buenos Aires y Rosario. Tuve muchos proyectos en Armstrong, pero para avanzar en algo artístico debía emigrar. Di el salto para comprobar si lo que componía podía tener algún tipo de repercusión.

P. Pronto la tuvo.

R. Sí, me considero un privilegiado. Llegué en octubre de 2005 y en noviembre gané un concurso que me permitió grabar mi primer disco: Puentes. Fue algo muy artesanal. Se hicieron casi 200 copias y me encargué yo de distribuirlas, sin embargo lo considero una gran experiencia. Siempre digo que yo me hice cantautor en España.

P. ¿La Asociación de Cantautores La Explanada facilitó su integración?

R. Claro. Yo entré cuando la asociación apenas cumplía un año. La Explanada nos refuerza ya que hacer carrera solos es complicado. Además, ante ayuntamientos o casas de cultura constituirse como ‘asociación de’ tiene más peso.

P. ¿Ofrecía muchos conciertos?

R. Nada más llegar me pareció que había una movida interesante. Incluso desde la asociación nos comprometíamos socialmente; actuábamos, por ejemplo, en actos cercanos a ONG’s. Pero después noté que hay cosas que se hacen con criterio, con el respeto que se merece el artista, y otras que sólo pretenden rellenar un cartel.

P. ¿No había voluntad por parte de las organizaciones?

R. Muchas veces no ofrecen buenas condiciones para la comunicación entre el público y el artista; al final, se resiente tu música. Ahora soy más selectivo. Necesitás un mínimo de calidad tanto en sonido como en otros elementos. Me gusta colaborar cuando veo compromiso con el artista y con el público. Sin comunicación nada tiene sentido.

P. ¿A los cantautores les persigue el fantasma de lo social o lo político?

R. La calificación de cantautor la conocí acá. En Argentina, aunque hay intérpretes, es natural que la gente cree sus temas. El término tiene un problema. En España se identifica al cantautor con la agitación política de la transición y ese rótulo, a veces, perjudica. Quien se aferra a la definición política de cantautor pierde toda una historia de gente que ha evolucionado muchísimo.

P. Pero cierto compromiso sigue estando ahí.

R. Sí, pero acatamos los problemas de otra manera.

P. La limitación de los acordes a temas políticos o sociales ¿deteriora la calidad musical?

R. Sí. Por ejemplo, en Argentina nació un movimiento de protesta a finales de la dictadura militar. Se hicieron tanto composiciones buenas como malas.

P. ¿Se ha esfumado la fuerza revolucionaria de la música?

R. Si la música tiene algo de revolucionario, es la capacidad de transformarte como individuo. Las canciones dan herramientas para dudar de ciertas cosas. Para mí la música es, en sí, una rebelión.

P. ¿Qué nueva “rebelión” prepara para su próxima maqueta?

R. Serán once o doce temas. Huyo de mis limitaciones de músico solitario e incorporo nuevos compañeros. Quiero aportar otros matices a lo que sólo era guitarra y voz. Manolo Martínez me acompaña al bajo y a la viola Guillermo Schwarzhans, de la Sinfónica de Valencia. Daré un giro a alguna de mis composiciones de Puentes.

P. ¿Cree que las discográficas invertirán en músicos de profundidad?

R. No creo que suceda, salvo que algún día sea redituable. Históricamente sabemos que la música cuanto menos fondo tenga, más penetra.

P. ¿Podría esto hacerle abandonar?

R. No se me ocurre una vida sin música. Económicamente es difícil y no me salvo nunca de estar tambaleando. Ahora tengo un niño pequeño y vive en un ambiente de creatividad. Eso sirve más que cualquier bienestar económico.

Read Full Post »

Older Posts »