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Archive for 29 marzo 2009

El documental Escritura y alquimia retrata la voz más humana de la poesía española actual. La existencia de Antonio Gamoneda es toda grosor de lengua. Antonio se muestra con su boca hinchada por el verbo y su hemorragia lenta, con esa sonrisa que da a veces un estirón de breve luz en las arrugas de sus sienes, y, sobre todo, con esos ojos adictos al descanso. Parece que ya no sirven las pupilas o que jadean mejor con el párpado echado; Gamoneda junta las pestañas cada poco para atinar con el relato de su mente.

El poeta descubre el origen de elementos esenciales de su obra como el amarillo, el blanco, el frío… Nace el frío, por ejemplo, de las huellas metálicas de los barrotes de su balcón de la infancia, cuando se asomaba de puntillas y veía andar las cadenas de presos hacia el penal: “ese frío no ha cesado, ni cesará en mi rostro”.  También cree que el lenguaje poético nació cuando el mundo era sagrado y que, aunque ya no lo sea, persiste. Añade, en una clara crítica a la poesía social y, posiblemente, a la de la experiencia, que “la poesía tiene que ser subversiva en la naturaleza de su lenguaje, no en unos contenidos que están mucho mejor en el periódico de la mañana”.

El Círculo de Bellas Artes ofrece el documental entero. Si se ha leído a Gamoneda, cada minuto será un descubrimiento, será inevitable buscar el tomo pintarrajeado en el estante para revisarlo; si no se ha leído al maestro, el espectador correrá a las librerías a masticar todo papel firmado con su nombre.

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Miguelito el de Orihuela, Miguelito el de la pólvora ceñida, el del ruiseñor levantando al fusil su relámpago quejío. Miguelito, el del geranio fúnebre a pulmón cosido. Miguel el del pueblo, el del barro, que “mancha con su lengua cuanto lame“. A este plural Miguelío, como a todo poeta de tierra en boca, se le devuelven los cantes.

El vibrato de Serrat sosteniendo los versos hernendianos es conocido. Pero también relumbra su palabra, su baba hiriente y roja yunque a yunque de las fraguas; también los martillos gitanos afilan sus sonetos y romances. Manuel Gereña, la voz prohibida del flamenco, editó el disco Manuel Gereña canta con Miguel Hernández en 1999. Vientos del pueblo o Niño yuntero se agarran a los bordones con las puntas de los dientes y aguantan la sacudida del nailon en la calavera. El niño de la yunta come grama aterronada por bamberas y peteneras.

Las bamberas surgen de los cantes o coplas  de columpio (mecedores o bambas) tradicionales andaluces. Este palo, introducido al flamenco por la Niña de los Peines, mece un ritual de dos amantes: la mujer quiere coger la Luna y el hombre la columpia para que el astro le escarche las yemas.

“Sube al columpio conmigo

que llegaremos al cielo

y la estrella que tu quieras

juntos los dos la cogeremos”

Las niñas también juegan en la bamba, hacen un surco de zapatillas en el suelo, cazan pájaros con los párpados:

“La niña se columpiaba

debajo de un almendro en flor,

de los suspiros que daba

el almendro se secó

porque su boca quemaba”

Pero Manuel Gereña impulsa con la garganta al niño de la yunta. Con la guitarra acicalando el aire, la criatura levanta el barro de los talones hacia el cielo; fuerza, desesperado, el esparto de la bamba. El cantaor agota los pulmones porque, cuando pare, el chiquillo bajará a la tierra y gemirá “bajo sus pies/ la voz de la sepultura”.

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Muerte pájaro príncipe, un pájaro es un ángel inmaduro.
Y así, hablaré de tus manos que se alejan y de las manos
de lo hermosísimo ardiendo,
pequeño dios con nariz de ciervo, hermano mío, héroes
de alma recortada,
niñas de oro hipodérmico que nunca creen morir,
qué aguda la pupila y el filo de los dedos encendiendo la
muerte mientras un ángel sobrevuela y pasa de largo
con el pico de plata y de ginebra,
labios del mediodía resuelto en ave sobre tus manos que
se alejan y mis manos
y las manos del pequeño ciervo de aire griego salvaje,
hermano mío,
y las manos sin venas de los héroes, de las madonas
amnésicas.
Mis alas de dolor robadas por tus manos, amor mío,
corazón mío pintado de blanco,
mis alas de dolor con botellas agónicas y líquidos que
disuelven la vida,
y los labios que te aman en mí en la convulso,
y la música en trompas delgadísimas, trompetas peraltadas.
peraltadas, columnas niñas, qué
sobreagudo el do,
la mirada más alta y la más alta queja,
muerte pájaro príncipe volando,
un pájaro es un ángel inmaduro.

 

 

 

 

De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, Blanca Andreu, 1980

 

 

En 1980, a sus 21 años, Blanca Andreu ganó el Premio Adonáis con De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall. García Nieto, miembro del jurado, consideró su poesía como “audaz, muy imaginativa en la palabra, valiente en el lenguaje y creadora de un mundo poético que parece pertenecerle a ella sola”. Versos tallados en mitad del surrealismo. De hecho salen a la letra nombres como Rimaud, Rilke, Villon… Dijo José Miguel Ullán en relación a esta niña de provincias que “el incontenible ardor del corazón sueña con ser lo que se dice, apuntalar lo que se dice y hasta morir por lo que se dice”; además este crítico de El País señalaba que el poemario tiene la facultad de “entoñar de un hermoso plumazo a la mísera, engolada y patética literatura del rollo, de devolverle a ciertas palabras (magia, romanticismo, desconocimiento) su sentido más puro”.

Sobre las voces que aceptan el ser en su plenitud incomprensible, en su innegable irracionalidad, suele caer siempre la lápida de los golpeados por el instinto de negarse los instintos. José Luis García Martín (enlace a un poema que bien podría ser prosa, y no demasiado aguda),  según Andreu, le acusó de no escribir poemas, sino “cosas absurdas, sin estructura, donde todo estaba tan escondido que no se percibía”.

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Hoy cae el décimo año sobre la muerte de José Agustín Goytisolo. En la renovación de las palabras fue levantada ya la admiración por su obra (poema y artículo), pero es la muerte, o su envejecimiento, lo que mejor abre la agenda informativa. El País e Información  plantan hoy en la página de cultura un recordatorio de la obra de este accésit del Premio Adonáis de 1954 (ambos artículos procedentes de EFE).

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La ‘voz interior’ era para María Zambrano (1904-1991) el pábulo de la poesía. Es altiva esa voz, asciende a lo último. Pisotea todo fin comunicativo, queda sólo sostenida en la aspiración del ser. Para la filósofa malagueña, la palabra poética tiene un solo motivo: la existencia. Es un idioma trascendente, importa más su capacidad de deslumbrar que lo que pueda entenderse de él. Como todo en Zambrano, la poesía ambiciona el saber.

Según ella, el idealismo del racionalismo europeo ensoberbeció la razón. Ganó el hombre entonces sobriedad y realidad, pero pateó la irrealidad y drenó el caudal de la voz humana. La autora de Claros del bosque distinguía con claridad que la filosofía trabajaba el método mientras la poesía se sujetaba a hallazgos por la gracia; matizaba: “la filosofía es orientación; la poesía, delirio”. Sin embargo, esta separación de los términos no destila más que la necesidad de unión entre los mismos. La discípula de Ortega y Gasset no contemplaba la filosofía separada de una preocupación por la forma (lirismo) de la idea, ni la poesía exenta de un soporte reflexivo.

Miguel de Unamuno (1964-1936) parece acercarse a esta concepción en su Credo Poético: “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento”; aunque parece alejarse del planteamiento de la malagueña: “no te olvides de que nunca más hermosa/ que desnuda está la idea”. Entonces, ¿la desnudez de la idea es, pues, parquedad o, por el contrario, sugiere el gusto suculento de la carne transitable?

También el francés Jean Paul Sartre (1905-1980) en ¿Qué es la literatura? razonaba el quehacer filosófico de la poesía: “porque la palabra, que arranca al prosista de sí mismo y lo lanza al mundo, devuelve al poeta, como un espejo, su propia imagen”.

 

 

 

 

 

 

 

 

                                         “Los fundamentos del saber están reservados al filósofo, al poeta, porque son los únicos capaces de asumir el riesgo de la soledad”.

                                                                                                                                                        María Zambrano

                                                                                                             

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Javier Vela Sánchez (1981 gaditano nacido en Madrid) presentó el miércoles Imaginario, último Premio de la Joven Creación, editado por Visor. También presentó Cristina Peri Rossi su Playstation, ganador del XXI Premio de la Fundación Loewe. Caballero Bonald acompañó al poeta gaditano en la presentación y declaró que en Imaginario había “mucha potencia poética, solvencia, eficacia y una interpretación mítica de la realidad, como debe ser la gran poesía”. El autor describe su poemario como un “álbum de instantes en el que será grato volver a mirarse con el tiempo” ya que “la escritura es la única forma de perdurabilidad”.

Vela obtuvo ya el Premio Adonáis en 2003 con La hora del crepúsculo, además ha publicado Aún es tarde (2003), Increado el mundo (2005) y Tiempo adentro (2006)extraordinaria crítica la de Gabriel Insausti—. Ahora, trabaja en una novela tocada por el conflicto de Oriente Medio que, según él, “conjuga elementos de la novela negra y la intriga política”.

La hora del crepúsculo viene encabezado por una cita de Claudio Rodríguez: “Bienvenida la noche, con su peligro hermoso”. El libro según explicó Vela, “trata de explicar la incertidumbre que nos produce el sueño, el encuentro con la amada, el deseo de no despertar… Y el desvanecimiento de ésta con la vigilia, que supone en sí un desenlace”.

Para este joven poeta gaditano que según Bonald “ha conseguido la mayoría de edad en las palabras”, lo único que distingue a un poeta es su “tempranísima consciencia de la desaparición”.

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Cuando se dice Antonio Gala es inminente recordar el rizo gris hacia atrás pegado y ese bastón, empuñadura a veces plata, a la altura de la cara, duplicándole los ojos. Rápido accede también esa mueca al borde justo de la risa, tachada de ironía; también, alguna necedad circunstancial.

El manuscrito carmesí (Premio Planeta 1990), La pasión turca, Anillos para una dama (Premio del Espectador y la Crítica, 1973)… hitan los 72 años de vida del poeta, novelista y dramaturgo de Brazatortas (Ciudad Real).

Sin embargo, es apenas mencionado que el primer éxito de este autor mediático fue un accésit del Premio Adonáis en 1959 por Enemigo Íntimo. Su poesía se ha encuadrado bajo títulos como 11 sonetos de La Zubia (1981), 27 sonetos de la Zubia (1987), Poemas cordobeses (1994), Testamento andaluz (1994), Poemas de amor (1997) o El poema de Tobías desangelado (2005): escrito durante 20 años y con la intención de constituir una obra póstuma. A este último, el autor concede la calidad de “testamento literario” porque, confesó: “tiene el zumo agridulce de mi corazón”. Quizá la cursilería trepe por esta afirmación, quizá lo haga, también, por muchos de sus versos. No obstante, bueno es saber que este autor hinchado por la fama puso un día su nombre en la lista de Adonáis.

 

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La labor de La renovación de las palabras es reivindicar el Premio Adonáis como eje principal de la poesía en habla castellana y, sobre todo, reclamar que la cobertura mediática se ajuste al prestigio del galardón. Hiere especialmente encontrar fallos documentales en la cabecera más vendida en España. El País expone: “Su primer libro fue el poemario Enemigo íntimo, por el que obtuvo el Premio Adonais en 1959…”. Lo cierto es que, como se menciona arriba, Gala obtuvo el segundo accésit.

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