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Archive for 28 febrero 2009

En el repaso al extenso racimo de Adonáis, a veces, la urgencia lleva a lo superficial. Sin embargo, hay uvas, digo palabras, que aniquilan todo peso externo, se ríen de la prisa y la acribillan. En 1995, Eduardo Moga (1962) recibía el Premio Adonáis por su segundo libro, La luz oída. Los poemas de este barcelonés son, directamente, inmensas poteras de mil ganchos con mil muertes. Permítaseme el uso de la primera persona (no se volverá a repetir en mucho), pero aún me estoy buscando esos garfios enrabietados por el pecho; es una tarea complicada, no sé si dejarlos ahí, con todo su acero de metáforas, para que mi sangre los enrobine. Aunque, posiblemente sea el óxido el que agarre mi sangre y la vaya haciendo cada vez más rubia y más dolida.

De su obra se ha destacado, “su gran capacidad en la creación de metáforas, su gran facilidad rítmica y, sobre todo, su enorme fuerza expresiva”; es, además, una poesía que rodea “el amor, la muerte, el sexo, la conciencia propia”. Moga que se declara “poeta, en primer lugar” asegura que “su sentido de la intensidad y de la exactitud del lenguaje” le obligan a descartar otros géneros: “cualquier relato o cualquier novela mía serían interminables”.

Este es el Poema III de Cuerpo sin mí. Tengan cuidado con este llavero de anzuelos, no se hagan daño:

Salardú

Asoman
—rasguños
de carmín— las violetas en el hielo.
(Lo inanimado bulle;
fracasa
la piel sin claraboyas de la nieve).
La claridad cincela
las flores,
y aviva los cristales
esponjosos, y apaga las hogueras del agua
como una mano grande que alisara
las arrugas del mundo. La claridad agrupa
lo que brota desnudo y se abraza
al aire, lo que suda y serpentea
entre coágulos de escarcha,
lo que, encrespado, se reviste
de pausas
y adopta forma
de ventisca o amor. La claridad
es la niebla callada que me envuelve
con la delicadeza del rebeco
que baja del nevero a abrevarse,
entre las brasas del silencio,
mientras destella
la noche.
Los años pacen en la claridad
como en un mar plagado
de espejos, y los ojos del alerce
son los ojos del padre, y la humedad
que nos quema es un pájaro doliente,
y la sangre del viento es sangre derribada,
que abandona su nicho de máquinas y lenguas,
y se reclina en la luz.
Y de la claridad nace la nieve,
como un desmigajarse
meticuloso
de lo visible y lo abierto,
como una flema
sin peso
que barnizase
de incertidumbre el cielo.
La nieve
se reconstruye con su muerte:
tocamos
su desaparición.
En la nieve se esconden círculos
que nos contienen, besos caídos de los labios,
silencios
con cuyo resonar elaboramos
nuestro silencio; su fuego es
la casa en que nacemos,
la lluvia
que nos deseca;
y nos encadenamos al fluir de sus llamas,
porque buscamos el abrigo
de un mundo en el que no palpite lo vacío,
en el que prevalezca cuanto es inmaterial
y, sin embargo, encarna en cuerpo;
un mundo en cuyos límites empiece
de nuevo el mundo.
La nieve
comparte la sustancia de los ojos.
Crezco en ella: regreso.
Palpo su luz metálica: soy niño. Acaricio
su levedad, y lenguas leves
me acarician. Siento los copos como espadas
blandas, dormidas en las depresiones
de la piel, y me quema
su blancura, eclosión oscura de alas;
me quema
como una llama
glacial, como una llama que fuese también piedra.
La claridad
se endurece en la nieve: es ácida,
como la nieve,
y arraiga en ella, hasta alcanzar
el centro del instante, el borde del instante,
el cansancio que impregna las palabras,
heridas por la miel
inalterable de lo sido.
Todo naufraga ahí, y se perpetúa.
Y las tinieblas
supuran,
evisceradas por la claridad.

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                                                                      Metamofosis de Narciso, Salvador Dalí                        

 

 

 

Se publica el libro de Salvador Dalí (1904-1989) Metamorfosis de Narciso  que explica su cuadro del mismo nombre, según el autor, el primer lienzo apuñalado por el método ‘paranoico-crítico’. El libro (aparecido por primera vez en 1937, sólo en inglés y francés) incluye el poema Mito de Narciso que demuestra el impulso daliniano de versar con colores.

La obra del pintor y escritor catalán suele arrimarse al movimiento surrealista, aunque él se confesara creador de un hiperrealismo metafísico. Sea como fuere, su devoción primera por el psicoanálisis freudiano desbridó la creatividad del genio: aprendió a recolectar el óleo en lo remoto de sus propios átomos. En una entrevista con Zabludovsky, explicó: “entre Dalí y un loco no hay ninguna diferencia, la única diferencia es que Dalí no está loco”. Así era, negación de la demencia apoyada en su afirmación rotunda; veía al paranoico como un iluminado y un iluminador.

La poesía, claramente, ha sentido también el enrobinado tajo del surrealismo, aunque existen muchas críticas a la excesiva catalogación de títulos bajo este ismo, como es el caso de la realizada por Pablo Tenekedjan sobre Sobre los Ángeles, de Rafael Alberti. Federico García Lorca, con Poeta en Nueva York; Pablo Neruda, con Tercera Residencia… desde que André Breton (1896-1966) propulsara el surrealismo, la literatura ha lucido—unas veces más disimuladamente que otras— la termita del subconsciente. La poesía baila su letra en lo remoto.

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Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) recibió la noticia de su triunfo en el Adonáis (2000) cuando bañaba en un trago de cerveza el miedo por el fallo del concurso. Una interpretación, su primer poemario, consiguió el galardón. El autor, al hablar de la división entre géneros, explicó que la literatura está por encima de distinciones.

Azaústre publicó su primera novela El cuaderno naranja  en 1998. Carta a Isidora de 2001 recoge varios relatos cortos (“a caballo entre la novela y la poesía”) del cordobés; incluye un homenaje a la Generación Perdida (Hemingway, Gertrude Stein…) en El descubrimiento de américa, una crítica al mundo literario español en Promesas del mar y un relato amoroso, con la poesía como protagonista única,  en Buscando tu nombre.

Tocado nuevamente por la Generación Perdida, publicó en 2004 América. La novela obtuvo una mención especial del Premio Biblioteca Breve. Aquí, las palabras se aroman de coñac y se bañan en el Nueva York y el París de los años veinte. Azaústre dijo que América “resume el espíritu de la novela”.

El gran Felton (2006) parafrasea la vida de Scott Fitzgerald. Sostiene que no murió en 1940 en Hollywood, sino clandestinamente en 1992. Esta novela que se acerca a los esquemas policíacos constituye según aclaró Caballero Bonald: “una excepción en sí misma. La historia que se cuenta queda supeditada al cómo”.  

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DONDE TÚ NO ESTUVIERAS                              

 

 

Dónde tú no estuvieras,
como en este recinto, cercada por la vida,
en cualquier paradero, conocido o distante,
leería tu nombre.

Aquí, cuando empezaste a vivir para el mármol,
cuando se abrió a la sombra tu cuerpo desgarrado,
pusieron una fecha: diecisiete de marzo. Y suspiraron
tranquilos, y rezaron por ti. Te concluyeron.

Alrededor de ti, de lo que fuiste,
en pozos similares, y en funestos estantes,
otros, sal o ceniza, te hacen imperceptible.

Lo miro todo, lo palpo todo:
hierros, urnas, altares,
una antigua vasija, retratos carcomidos por la lluvia,
citas sagradas, nombres,
anillos de latón, sucias coronas, horribles
poesías…
Quiero ser familiar con todo esto.

Pero tu nombre sigue aquí,
tu ausencia y tu recuerdo
siguen aquí.

                               ¡Aquí!

donde tú no estarías,
si una hermosa mañana, con música de flores,
los dioses no te hubieran olvidado.

                                                     José Agustín Goytisolo

 

 

Entre el 16 y el 18 de marzo de 1938, 44 toneladas de muerte descoyuntaron Barcelona. 670 almas adelantaron su procesión de flores bajo los chillidos de la aviación italiana. Julia Gay, madre de José Agustín Goytisolo, fue arrasada en el ataque.

Este suceso fue esencial en la producción artística del poeta. En su primer libro El retorno la figura materna, la orfandad, descarna las palabras y revela una dureza insólita. Muchos críticos consideran el desvalimiento del autor como principal empuje hacia la justicia y la solidaridad.

Donde tú no estuvieras ejemplifica, también, una superación del habla colectiva de la poesía social. Goytisolo explota un dolor propio y cotidiano que, a la vez, refleja la angustia de  muchísimas familias de la posguerra.  

 

 

 

 

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Salmos al viento (1958 ) introdujo en la España de la posguerra una perspectiva crítica renovadora o, mejor, recuperadora. Su autor, José Agustín Goytisolo, regresaba a la mordacidad  quevediana para rebasar la censura y atacar el entorno lúgubre y constrictor de la época. José Agustín, perteneciente a la familia burguesa de los también escritores Juan y Luis Goytisolo, obtuvo el accésit del Premio Adonáis en 1954 con El retorno. Para J.A. Masoliver Cárdenas, el primero es “su libro más hermoso y en el que se confirma y desmiente todo lo que ha sido el poeta, que es mucho, y todo lo que bienintencionadamente se le ha atribuido”. En El retorno domina la presencia de su madre, Julia Gay, que murió víctima de un bombardeo franquista en la ciudad de Barcelona: “Pero tu nombre sigue aquí/ tu ausencia y tu recuerdo/ siguen aquí”. Se aúnan, así, el desgarro, la angustia de la orfandad y el empuje de la solidaridad y la rebeldía.

Como ya hiciera Quevedo, Goytisolo reprendía el conformismo social. En el primer poema de Salmos al viento, el poeta se opone a una lírica que esconde en las nubes su cierre en falso. Frente al Garcilasismo de García Nieto que ensalzaba los valores de la España eterna, el catalán proponía mecer el lenguaje entre los suspiros del pueblo. Los poetas locos asumían este reto. Para ello, según Santiago Martínez la ironía manejada por Goytisolo era “de amplio registro, que iba del sarcasmo corrosivo de los poemas de trasfondo social al guiño cómplice de los poemas más sentimentales”.

Amante del verso libre que era, en realidad, “el menos libre de todos si está bien hecho”; dejó poemas propicios para su voladura por el pentagrama. El cantautor Paco Ibáñez interpretó Palabras para Julia y Lobito bueno. Música de manos duras y nailon bronceado, no de teatros ni binóculo. Música del suelo, para el mayor de los poetas terrenales.

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Con la posguerra española anidó en muchos escritores la necesidad del compromiso, de acercar la poesía a la colectividad. Autores como José Ángel Valente, Carlos Barral o Gil de Biedma han estados vinculados de alguna manera con la poesía social.

Esa tendencia desarrollada por la generación del 50 ha sido considerada como exigencia del momento sociopolítico o como corriente empobrecedora.  Apuntó Fernández Almagro, en referencia a esta escuela, que “su poesía no es lujo ni un ocio, ni siquiera un convencimiento adquirido, es algo espontáneo y natural”. La poesía social agarra la mano de la épica, la narrativa o la dramática. En La poesía social como lenguaje poético, José Ángel Ascunce hablaba de la sumisión del arte a la doctrina. Ese proceder reduce el lirismo: “la expresión del mensaje doctrinal tiene que responder a presupuestos gramaticales y significativos lo más objetivos posibles para propiciar la claridad de las ideas expuestas y, así, facilitar su comprensión”. Aseguraba después “que en tanto en cuanto los contenidos son más populares, poseen una menor entidad literaria, y, viceversa”.

José Hierro, relacionado con esta moda, despreciaba algunas críticas como el descuido de la forma: “¿se puede decir que descuida la forma un Blas de Otero? Eso es una tontería”. Sin embargo, reconoció que muchos discípulos de lo social pensaban que por mostrar un “obrero con todo su sufrimiento” ya se hacía poesía.

José García Nieto, antiguo jurado del Premio Adonáis, formó parte de los que despectivamente apodaba Goytisolo como “poetas celestiales”. Amante de Garcilaso y con una técnica neoclásica, a García Nieto lo acusaban de “escapismo y sumisión al poder”, aunque otros, como Juan Ramón Jiménez, lo vieran acariciando el dorso de la mano de Garcilaso u Homero.  

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